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\ Escrito el 5 octubre, 2017 \ por \ en Artículos, Destacados, Sin categoría \ con 92 Visitas

Metamorfosis en Valparaíso: Del encarcelamiento a la libertad cultural

Hace 18 años, el Cerro Cárcel lucía distinto. La principal actividad se centraba en la penitenciaria pública del Puerto. Cuando los reos dejaron aquel lugar que les causaba hacinamiento, la comunidad no abandonó el espacio. Hoy, los vecinos siguen reconociendo ese recinto público como suyo y de todos.

Por Francisca Avsolomovich

Era sábado 17 de Diciembre y el sol iluminaba las casas del cerro. El paisaje lucía como cualquier otro día: prendas colgando de las ventanas, personas transitando por Cumming y gatos haciendo sonar los techos. Fuera de esta cotidianidad, en el Parque Cultural de Valparaíso se escuchaban niños riendo de un payaso, mientras mujeres exponían sus trabajos artesanales y personas paseaban de un stand a otro buscando un libro para los próximos días. De fondo, la música de una artista local, que se difuminaba entre conversaciones y risas.

Con Tomás Salazar no quisimos quedar fuera del evento. Él, relajado y alegre, caminaba entre los stands maravillándose con cada cómic que encontraba.

El cambio de piel

Desde arriba, se apreciaba el anfiteatro porteño y girando a la derecha se encontraba el edificio que había sido, hasta 1999, la cárcel de la ciudad. “Los presos dejaron el edificio tras la renovación nacional de espacios carcelarios. La cárcel estaba muy vieja, por lo que se construyó una nueva en el camino La Pólvora”, contó Richard Muñoz, Jefe de Comunicaciones del parque.
Durante esa época, había mucho movimiento y actividad económica en el sector, sin embargo, cuando la cárcel dejó de estar allí, el lugar perdió vida y se convirtió en un espacio sucio y abandonado. Bajo ese contexto, los vecinos y artistas locales comenzaron poco a poco a limpiar este lugar y a darle un uso cultural y comunitario entre el 2000 y 2010. “Pasaron muchas cosas durante esos años, pero esa vocación de los vecinos de rescatar el espacio, fue lo que permitió que hoy en día esto sea un centro cultural”, afirmó Muñoz.

Los vecinos querían un espacio nuevo y renovado, de esta manera, “la construcción del Parque vino a saldar una deuda de infraestructura cultural que la ciudad tenía pendiente con sus artistas”, aseguró.

Finalmente, el proyecto logró llevarse a cabo en 2010 en el marco del Bicentenario, donde el Estado otorgó fondos para la construcción y remodelación de obras públicas, entre las cuales figuraba el PcdV.

Es temprano aún. Los niños ya no se ríen del payaso, sino entre ellos. Salió olor a canela y el viento lo trajo hasta el lugar donde estábamos. Creímos que debía venir de la señora que vendía pasteles, no obstante, aún nos faltaban puestos por conocer. Las ganas podían esperar.

Nadie parecía aburrido, pues no había tiempo para estarlo. Autor: F.A.N

Ya no aguantábamos el rico olor que provenía del carrito y justo cuando nos dirigíamos hacia abajo, un expositor nos llamó. Formaba parte de la editorial Nihil Obstrat, que significa “nada lo impide” y nos contó que sus publicaciones son sobre teorías, ecología, sexualidad y política. Dijo que ellos no publicaban lo que escribían sino que “vamos seleccionando según nuestras lecturas a los autores que nos interesan y de ahí los contactamos”.

 

 

Portadas en las que se refleja que nada impide la libertad de sus publicaciones. Autor: F.A.N

La memoria como elemento orgánico

Hoy, el Parque funciona a través del financiamiento estatal. A pesar de eso, “tenemos algunas unidades de negocio y la idea es que ese porcentaje tan ínfimo vaya subiendo para poder ser más autónomos”, nos contó Muñoz en la ex cárcel.

El edificio mantiene la memoria. A pesar de que ahora allí se encuentren las oficinas de los trabajadores, gran parte de la infraestructura es la original. En las paredes se conservan los rayados de los ex presos, pero también se encuentran colgadas exposiciones fotográficas.

Aquel edificio posee un pequeño patio con una pileta al medio. Ahí es donde se encuentra el huerto comunitario, el cual está a cargo de voluntarios.

Ya son las seis de la tarde. El sol perdura abrigándonos e iluminando la bahía. Los niños han empezado a irse de a poco. Supimos que estaban celebrando un cumpleaños. Con el Tomás probamos los más ricos rollos de canela. La mujer que cantaba ya no estaba en el escenario. Habían empezado a recitar poesía mientras un grupo pequeño escuchaba sentado.

Juntos recorrimos los puestos más de una vez. “La primera es una barrida de lo que hay, la segunda es para ver y la tercera para observar”, le dije sonriendo al “Tomis” cuando estábamos acostados en el pasto. Un poco más tarde llegó un grupo de niñas y adolescentes a bailar, parecían ser de una comparsa. La música de ellas era pegajosa, y sin darnos cuenta, nos estábamos moviendo en nuestros puestos simulando sus movimientos.

Identidad que trasciende

Es innegable la transformación que ha tenido este espacio. Cómo pasó de un lugar de prisión a uno de libertad artística y educativa. Hoy, se ha convertido en un centro cultural de identidad propia, diferenciándolo de los demás presentes en la capital. Ha sido construido por una comunidad que le entrega un valor importante no sólo al proyecto, sino también al recuerdo histórico que hay detrás: la cárcel.

Actualmente, son siete años de vida del proyecto. A pesar del apoyo recibido del Estado y de las ganas por más autonomía, hay desafíos importantes pendientes, como es la inclusión. Richard confesó que: “hemos hecho algunas cosas, como una maqueta pequeña con relieve para no videntes y rampas, pero falta mucho aún, sobre todo en el tema de la inclusión con los distintos públicos”.
La transformación de este espacio continuará, pues va a la par de los cambios que vive la ciudadanía. En definitiva, con el paso de los años, podrán adaptar las infraestructuras, para que realmente sea un espacio de todos. Lograrán, con sus actividades y propuestas, generar comunidad en otras ciudades también para aportar culturalmente dentro la región de Valparaíso y construir de ahí, identidad local. Para aquello es necesario que mantenga su carácter comunitario y que no caiga bajo los aleros partidistas, sobretodo bajo el contexto de las elecciones presidenciales. El parque es de la comunidad, y hasta ahora, así lo ha demostrado.

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