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Miércoles 16 de septiembre de 2009 Volver Enviar Imprimir

Autor: Paulina Cepeda

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Mes de septiembre, mes de fiestas, juegos y alegría, pero lo más importante, mes de grandes compras y, por lo tanto, mes de grandes gastos. Los chilenos han sabido transformar el periodo de “la patria” en una razón más para fortalecer la cultura del consumismo.

Apenas se asoman los primeros días de la temporada dieciochera, y lo que más suena en las calles no son lindas payas, ni hermosas cuecas, sino que cánticos armoniosos de imperdibles ofertas, las que van desde electrodomésticos ad hoc con la fecha, hasta suculentas yapas de alimentos que llenarán nuestra parrilla.

Las grandes tiendas son las principales representantes del consumo compulsivo y masivo de nuestro país. Propagandas hipnóticas anuncian irrepetibles oportunidades de compra. Gran cantidad de cuotas para las tarjetas de créditos, avances en efectivo, con millonarios intereses y packs de regalos de bebidas que no han podido ser vendidas, incentivan este desenfrenado perfil chileno.

Para qué hablar del auge que tendrán las botillerías, pues lo que no puede faltar en una mesa, para estos días, es el copete. Cola de Mono, vino navegado y ponches de las frutas más inusuales son los invitados especiales en ramadas, asados familiares y fondas. Asimismo, la carne se transforma en un elemento vital, por lo que esta fecha es, para los carniceros, la Semana Santa de los marisqueros.

Es tanta la demanda de ésta, que sus distribuidores se dan el lujo de subir los precios hasta en un 80%, lo que por supuesto no es un impedimento para los gozadores de la buena mesa, ni siquiera la crisis.   

Los colegios y sus “famosos” actos del dieciocho de septiembre son los que permiten que el mercado de los pequeños comerciantes siga viviendo. Es normal ver a las madres recorriendo toda la ciudad y pagando cualquier precio por obtener las indumentarias y los trajes de los bailarines oficiales de Chile, para  disfrazar a sus pequeños niños, quienes ni siquiera entienden por qué deben llevar esa vestimenta tan ridícula.

El comercio ambulante, para estos tiempos, ha sabido tener iniciativa y creatividad, por lo que los anticuchos, sopaipillas y todo tipo de alimento que represente al chileno criollo están a la orden del día. Las fondas y pequeños stand de juegos, instalados en el Alejo Barrios o el Sporting, son los principales extractores de dinero.

Durante los días festivos, las familias salen a pasear y recorrer los entierrados laberintos de las fondas, las que son un verdadero peligro para cualquier persona que pise su metro cuadrado. Las empanadas, bebidas, anticuchos y hasta la chicha tienen un precio mucho más elevado, por lo que los visitantes deben preparar el bolsillo.

Los típicos juegos, como la ruleta, la lotería y la pesca milagrosa son un verdadero fraude. Sabemos que en la ruleta jamás venderán el número premiado o que el pedestal que tiene el billete de 10 lukas es más ancho que la misma argolla que nos entregan, por lo que nunca lo ganaremos. Sin embargo, nos conformamos con gastar un montón de dinero y perderlo todo en el intento.  

Así es como el período dieciochero, es ideal para hacer una gran cantidad de actividades: para aumentar el caudal de los comerciantes, para  subir algunos kilitos, para comprar nuevos artículos de hogar y para tener unos días de descanso. Sin embargo, pareciera ser que, para lo que no es ideal, es para recordar la historia de nuestro país y elogiar a nuestros héroes independentistas.


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