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| Miércoles 21 de octubre de 2009 |
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Autor: Denisse Cortés
Son las 11 de la mañana, es sábado y Lois se prepara para una nueva edición del programa de radio “Escuchando Voces”, que se graba al interior del Psiquiátrico El Salvador. Lo llaman “el artista” porque escribe poesía y pinta. Nació en Santiago en el seno una familia aristócrata, conservadora de ultra derecha, pero su alma de artista no logró encajar en ese mundo: “me echaron porque soy muy comunacho para ellos”, sostiene mientras saca de su bolsillo el poema que preparó para la sesión de hoy. Luis Alberto González o “Lois Albert”, como lo conocen en el ambiente artístico, se destaca entre la masa de locos que ansiosos se aprestan a participar del programa radial. Todos se pelean por tomar el micrófono, mas él decide aportar cordura a la escena. Se sienta en un pequeño muro, enciende un cigarrillo y dice: “a mí me viste mi hermana, este chaleco me lo regalo para Navidad. Dice que tengo que andar como caballero”. Y así es, un caballero de antaño, de esos que usan vestón y pañuelo de género, de los que dan el asiento y dicen macanudo.
“Lois” ha tratado toda su vida de llevarle la contra a su familia, de borrar cualquier parecido, de vivir a su manera, sin reglas, sin horario, ejerciendo su derecho a la libertad en plenitud. Sin embargo, el Colegio Alemán, las misas dominicales, las reuniones sociales, las clases de arte y el mundo burgués dejaron en él una huella que no ha sido fácil borrar.
Luis nació en cuna de oro, hijo de médico, gozó de los privilegios que la clase dirigente ostenta en Chile. Estudió en el Colegio Alemán de Concepción y fue allí donde manifestó sus primeros intereses por la política. Corrían los años ‘70 y un joven Luis Alberto se veía doblegado por el entorno social y político que lo rodeaba.
De fascista a comunista, de normal a loco
Los años no pasan en vano, bien lo sabe Luis Alberto Gonzáles, quien en menos de una década vio cambiar su vida en 180 grados. Cuando salió del colegio se dio cuenta que el proyecto de vida que le proponían sus padres no le iba. No estaba interesado en estudiar una carrera tradicional, menos en entrar a la Fuerzas Armadas y además había descubierto que el fascismo no era lo suyo. Al parecer el joven mostraba algunas tendencias más bien izquierdistas, lo que tenía a su padre con los pelos de punta.
Si bien, hasta ese minuto todo era incertidumbre en su vida, ocurriría un hecho que cambiaría para siempre el curso de su historia. Luis tenía 24 años, había dejado su Concepción querida después de una gran pelea con su familia, la que no le perdonaba que desaprovechara las garantías que le brindaba pertenecer a la élite. No entendían que quisiera vivir en una pensión de mala muerte en Santiago y menos que pretendiese dedicarse al teatro o la poesía “’eso es de rojos’ me decían”. Pero a él poco le importó, sabía que ahí jamás podría ser feliz, la convencionalidad no era lo suyo. Instalado en la capital, decidió participar en un Club de Poetas, esto a comienzo de los ‘80, ocasión que lo llevó a mezclarse con grandes intelectuales que lo fueron formando no sólo intelectual sino que también políticamente. Fue en este aprendizaje que se vio reconquistado por la política, pero ahora desde otra trinchera. En plena Dictadura entró secretamente a militar en el PC, sin saber que esta decisión marcaría un antes y un después en su vida.
El ‘84 Luis Alberto es detenido y traslado a un centro de tortura. “Me pusieron corriente en la cervical, columna vertebral y testículos. Me la bajó completo, yo me doble y gritaba como un becerro: ¡no más por favor, no más!”, dice reconstruyendo la fuerte imagen. Ese día, recuerda, cesaron las torturas, sin embargo, comenzaron los interrogatorios. Llegó al lugar un tipo alto, blanco, ojos azules y de pelo canoso. Me miró fijo y me interpeló: ¡las armas!, ¿Dónde están las armas? “Yo no tenía idea de nada, estaba tirado en una camilla y lo miraba sin entender de qué me hablaban”.
El interrogatorio se extendió sólo por algunos minutos, pues antes de que Luis Alberto pudiera responder, el hombre lo examinó detenida y largamente, para luego preguntarle en voz baja: “¿voh soy hijo del Doctor Alberto González Enos?, ¿qué mierda estás haciendo acá?”. El padre de Luis era un reconocido médico, que había puesto su trabajo al servicio de la Dictadura, motivo suficiente para que al día siguiente lo sacaran del subterráneo, lo trasladaran a una prestigiosa clínica capitalina y lo hicieran pasar por esquizofrénico.
“Ese día llegaron las enfermeras, me pusieron un televisor y aquí no ha pasado nada. Y cambió el tratamiento de tortura por tratamiento psiquiátrico”. Desde es momento Luis entendió que no había vuelta atrás. Asumió que su padre se había convertido en un asesino y comprendió que su militancia en el PC lo obligaría a abandonar el mundo de los normales por cerca de 20 años.
Luis Alberto González, “el artista” como lo llaman sus amigos de la “Radio Diferencia” que se encuentra al interior del Hospital Psiquiátrico El Salvador, tiene hoy 55 años, es algo bajo, sus ojos son café, su mirada es triste y como el mismo dice: “ahora estoy regordete, cuando era joven era un churrazo”.
Luis jamás pudo convencerse de ser como el mismo dice un ‘incapacitado mental’, “.yo nunca he sido eso yo, estoy más cuerdo que muchos”. Fue así como decidió él mismo ir al Psiquiátrico El Salvador para que le dieran una segunda opinión respecto de su diagnóstico. La respuesta fue certera, jamás había tenido esquizofrenia, Luis es bipolar, pero si toma sus medicamentos a diario puede llevar perfectamente una vida normal.
“Lois Albert” encontró en El Salvador algo más que un correcto diagnóstico, encontró una nueva motivación, lejos de su familia, no le queda más que sus amigos ‘locos’. Los mismos con los que cada sábado graba el programa “Escuchando Voces” que va al aire el mismo día de 5 a 6 de la tarde, en la radio Valentín Letelier. Después, almuerza en el hospital y se va a Peñablanca, a la casa de acogida que lo alberga hace algunos años. Así entre programa y programa se le pasa la vida. |