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Viernes 20 de noviembre de 2009 Volver Enviar Imprimir

Autor: Francesca Cambiaso

EXTRANJEROS EN LA REALIDAD

Ella llegó con el cabello suelto, gafas oscuras y una botella de agua en la mano. Hace el quite a los gatos que juegan en los pasillos del Mercado Cardonal. Su bolso grande, su ropa, su forma de mirar una vez que descubre sus ojos, le delatan. Es ajena al lugar. Todos lo somos.

Se notaba en nuestro caminar inseguro rumbo al mercado, entre tiendas y puestos. Era evidente en nuestras caras de casi turistas, de ciudadanos ridícula y supuestamente distintos, que observaban con detención cada rincón de las calles de Valparaíso.


Ellos también lo advierten una vez que estamos dentro. No sólo por nuestra facha, sino porque andamos en masa. Invadimos el lugar, conmocionando a los vendedores, entorpeciendo el paso y las compras de los porteños con nuestras mochilas, voces y pánfilo andar.


Un par de niñas avanzan por los pasillos con expresión de extravío en sus rostros. No saben si no han recorrido este sector o si es la quinta vez que pasan por aquí. Dan cada paso con cuidado, casi con miedo, doblando cada esquina del mercado como si fuera parte de un laberinto. El suelo sucio y gastado es el mismo aquí y un par de metros más allá.


Revisan cuidadosamente el edificio de paredes amarillas manchadas y de rejas oxidadas, cuyo techo, alguna vez traslúcido, guarda la tierra y el polvo de la ciudad. Mientras, los caseros habituales se desplazan por los pasillos con familiaridad, entre cajones de frutas y barriles de especias, dirigiéndose al local predilecto como todos los días.


Las manzanas rojas y los morrones, las aceitunas y el maní se encargan de darle sentido al lugar. Clásicos cajones de madera y enormes barriles de plástico azul contienen los productos que esperan ser elegidos, comprados y embolsados,  mientras las moscas vuelan sobre ellos al son de una chillona canción de la Oreja de Van Gogh. Otro grupo de niñas tararean la canción, caminan lentamente y comen maní.


Los dueños de los puestos y los vendedores examinan con atención el desfile de estudiantes. No saben que no venimos a comprar. Inconscientemente los engañamos con nuestro paseo casi cultural, como los extranjeros que vienen a visitar el Cardonal por ser un espacio típico, un lugar pintoresco. Un par de niñas comprarán dos naranjas, pero nada más.


En una de las paredes del mercado una artesanal exposición de fotografías antiguas es visitada por un grupo de jóvenes. Apuntan con sus dedos y comentan. Se ríen exageradamente, como si nadie más estuviera en el lugar.


Los vendedores esperan a los caseros en sus puestos de fruta y verduras en el Mercado Cardonal
Un poco más allá, en el mismo pasillo, avanza otra pequeña tropa. Todos siguen a uno, como pollitos a la gallina. Observan y se burlan entre sí de la situación. Quizá se sienten incómodos; tal vez, no pueden evitar ser así. “Oye, ¿escuchaste lo que dijo?”, le dice uno a otro. Su compañero no lo escucha. Camina mirando hacia atrás, concentrado en una joven que inspecciona unas manzanas. 


Al final del mismo corredor, la niña de las gafas, que ahora descansan sobre su cabeza, obstaculiza el paso mientras toma agua de su botella, como si fuera dueña de cada rincón de esta estructura de metal. Alega por el olor a gato. Nadie le pone atención. No son ellos los que están de más. 


Somos nosotros los que desentonan en este lugar, quienes, con aire de extranjeros –conscientes o muy por el contrario-, venimos a alterar la cotidianidad que aquí se vive. Es cierto: yo nunca había puesto un pie en ese lugar.


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