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| Martes 20 de abril de 2010 |
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Autor: Paulina Cepeda
Nuestra sociedad siempre ha vetado lo diferente, lo raro, lo anormal; y los deficientes mentales no son la excepción. Viven atrapados en un mundo de fantasía, en el cual no existe un mayor contacto con el mundo real. Dopados con diazepam, estas personas viven el día a día, sin anhelos, ni sueños. Se despiertan para no hacer nada, sólo vivir. Conozcan este mundo oculto, que si bien puede ser distinto en cuanto al grado de inteligencia, muchas veces puede ser más “normal” que el nuestro.
Cuando decidí visitar el centro de esquizofrénicos y deficientes mentales, pensé que sería algo simple. Sin embargo, he comprendido existen diferentes formas de vivir la realidad, y que nosotros, los “sanos”, somos sólo una de esas formas.
Me comuniqué con el encargado de la Corporación Bresky, una organización que apoya la rehabilitación psico-social de personas con diagnóstico psiquiátrico, y concerté la visita para el taller de los días jueves. El día había llegado, ya eran casi las 2 de la tarde y yo caminaba por calle Uruguay en dirección al Cerro El Litre para vivir mi nueva experiencia. Justo en la intersección de las calles Hontana con El Litre, se encuentra el Centro Bresky.
Al cruzar el gran portón de fierro oxidado me comencé a sentir ansiosa con un dejo de nerviosismo, tal como me siento cuando tendré un cita o cuando se cuentan los segundos para recibir el nuevo año. Continué mi camino, mientras buscaba el sala observé todo lo que estaba a mi alrededor; de pronto una empinada escalera de cemento me impidió continuar.´
Junto a ella se encontraba un viejo cartel que decía CENTRO DE SALUD MENTAL. Durante unos cinco segundos me quedé parada, frente a la entrada como si estuviera imposibilitada de realizar cualquier movimiento. En ese momento comenzaron a aflorar repentinas preguntas y arrepentimientos.
¿Por qué estaba ahí? ¿Qué me pasaría? ¿Qué pasa si me devuelvo y jamás realizo la visita? ¿De verdad quería compartir con deficientes mentales? ¿Qué pasa si no me quieren ahí y se ponen violentos? ¿Alcanzarán a detenerlos si me quieren lastimar? Preguntas a las que no les encontraría respuesta si decidía voltear y salir por el gran portón. Sin embargo, seguí adelante.
El primer encuentro
Una angosta puerta de madera me indicó que estaba a unos pasos del lugar donde me permitiría conocer este nuevo mundo. Sólo había avanzado unos metros cuando vi que una mujer regordeta y de baja estatura caminaba hacia mi. Era la señora Paty quien, con una gran sonrisa y una voz un tanto desafinada, me saludó efusivamente y me dio un beso en la mejilla. De forma casi innata respondí su saludo con un cálido “hola”.
Una de las monitoras me dijo que la siguiera, cruzamos un oscuro y angosto pasillo, el cual me permitió deducir que el lugar sería similar. Al llegar al patio me impacté y fue inevitable sentir un cierto rechazo, pues distribuidos por el lugar se encontraban los protagonistas de esta historia; los deficientes mentales.
Me quedé parada en medio de unas nueve personas, seis hombres y tres mujeres, todos de más de 40 años. Casi todos estaban sentados, miraban hacia el suelo; en su propio mundo, como si estuviesen dopados. Sus rostros y posturas dejaban en evidencia que padecían cierto grado de deficiencia mental. Nadie emitía sonidos; algunos caminaban por los alrededores. Me sentía incómoda, como fuera de lugar, no sabía qué hacer, ni qué decir.
De pronto, un hombre de unos 50 años se me acercó. Comenzó a hacerme varias preguntas, a las que respondí un tanto esquiva. Me intimidé por la fluidez y coherencia con la que conversaba, no paraba de hablar, sin duda mi lado periodista se vio opacado al máximo; parecía una persona cuerda.
Un hombre gordo y sudado, Juan, se levantó de un salto, fue hacia un rincón y comenzó a mover su pelvis de adelante hacia atrás. Era imposible no fijarse en él, sentí un miedo inigualable, como cuando caminas sola por una calle oscura a altas horas de la noche y de pronto sientes que alguien te persigue. Recuerdo que llegué a pensar que quizás aquel hombre era un pervertido o un psicópata sexual. Sin embargo nadie reaccionó frente a esta conducta. Luego se sentó.
Cuando pensaba que nada peor podía pasar, uno de ellos, quien me había mirado algunas veces, se me acercó y me dijo “Hola tía”, me dio un apretón de manos y sin darme cuenta sus labios iban directos a los míos. Me espanté, di un salto y un grito salió de mí. Le solté la mano de inmediato y me alejé. Él se vio desconcertado, al haber sido rechazado; no sé si realmente esperaba que yo lo besara pero luego de mi reacción pareció haber entendido que no había hecho lo correcto, por lo que vergonzosamente se disculpó.
A las 14:15 horas nos hicieron pasar a una sala de colegio en la que se encontraban las monitoras quienes se preparaban para dar una clase de primeros auxilios. Entré de las últimas, por lo que no tuve otra opción que sentarme entre dos de ellos. En realidad yo no quería estar en aquel lugar, sentía que todos me observaban. Me sentía diferente a todos como si hubiese entrado al extraño mundo de Jack, en donde todos son de una misma especie y viven en un mundo distorsionado.
Yo miraba a cada uno de ellos, esperando que pasara algo fuera de lo común. La clase se vio interrumpida por la señora Mónica; ella remedaba, gritando y con voz desafinada, la última palabra de cada oración que la monitora emitía. Me pareció extraño y hasta molesto, no podía entender por qué hacía eso, qué era lo que le llevaba a repetir cada palabra.
No sabía si mis actitudes o acciones estaban de acuerdo a los que aquellas personas estaban acostumbradas, por lo que siempre me mantuve alerta, observando cada movimiento. Estaba a la defensiva, ya que estando ahí pensaba que cualquier cosa me podía pasar, desde ser golpeada hasta tener un colapso nervioso.
Un hombre de terno y corbata se paró en medio del círculo, Don José, interrumpiendo la clase, comenzó a gritar que él era el alcalde de la ciudad y que todos debíamos hacerle caso. Frente a esto, otro hombre de actitud homosexual comenzó a llorar en forma incontrolable, emanaban de él una pena y un miedo que jamás había presenciado. En ese momento, me paré con la intención de salir corriendo, tenía miedo, estaba como en shock... sólo pensaba que quería salir de ahí.
A medida que la hora avanzaba, comencé a relacionarme un poco más con ellos. Me di cuenta que cada uno es interesante, que cada uno reacciona de forma distinta, tal como nosotros los “sanos”. Noté que les es difícil asimilar informaciones complejas, pero que tienen una disposición de aprender cosas a pesar de que cuando salgan de la sala ésta ya se les haya olvidado.
Luego de un rato me comencé a sentir más cómoda. Se generaron bromas y anécdotas como cuando Don José no sabía dónde estaba su ombligo. Él que no sabía qué contestar tenía una cara de aproblemado, tal como cuando a uno le preguntan cuál es la raíz cuadrada de 64. Esto generó mucha risa entre los presentes, incluso en mí, situación qu permitió romper el hielo y empezar a interactuar.
A las 16 horas se hizo un receso. Todos salieron rápidamente en dirección a la cocina, ya que a todos les daban una pequeña colación, que consistía en un pan con huevo y una taza de café. No dejó de llamarme la atención el hecho de que si bien, hacía mucho calor, todos estaban bien abrigados, parados a todo sol, bebiendo su café casi hirviendo.
La segunda estadía en el patio fue más agradable, pues ya había tenido contacto con ellos, sabía algunos nombres, me reconocían, en ocasiones me conversaban y hasta me sonreían cuando chocábamos miradas.
Algunos trataban de llamar la atención; el hombre que se creía alcalde se puso unos lentes de sol y comenzó a dar vueltas por el patio, simulando que era una persona importante. Descubrí que dos de ellos, la señora Paty y Don Jaime, eran pareja hace unos 6 meses, a pesar de no existir demostraciones de cariño; nunca imaginé que ellos podían entablar relaciones afectivas.
Cosas como éstas permitieron que me diera cuenta de que estas personas son como nosotros, es decir, tienen sentimientos; se alegran o entristecen según la situación, razonan, aunque en un menor nivel, sacan conclusiones, tienen el poder de recordar ciertas situaciones y lo más importante necesitan querer y ser queridos.
¿Por qué nos adjudicamos la palabra normal? ¿Por qué decimos que nosotros somos sanos y ellos enfermos?, quizás para ellos, en su propio mundo, nosotros somos los anormales, los diferentes. Sea como sea, he entendido que muchas veces las apariencias engañan, que antes de enjuiciar a alguien diferente se debe conocer de cerca la realidad, aunque luego no la hagamos parte de nuestras vidas.
La sesión había terminado, todos se despidieron de mí de forma afectuosa; y aunque la cercanía y la invasión del espacio personal aún me ponían nerviosa, sentía que había vivido una gran experiencia que había compartido con personas sanas, puesto que ellos no conocen la mentira, el engaño, ni la envidia, llegando a ser mejores personas que muchos de los que están en nuestro mundo, haciéndose llamar normales. |