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\ Escrito el 7 diciembre, 2017 \ por \ en Artículos, Destacados, Sin categoría \ con 104 Visitas

Raíces al aire en Quillota

Por Francisca Avsolomovich

Fui voluntaria en un comedor social para inmigrantes. Dos días me bastaron para conocer de cerca los aspectos culturales que forman parte de su vida cotidiana y la realidad a la que se enfrentan día a día en una sociedad que no comprende que las fronteras pasaron de moda.
Venezolanos y haitianos llegaron al local “del Puente a la Alameda”. Algunos solos y otros acompañados por familiares o amigos. Mientras se acomodaban en las mesas, eran atendidos por los voluntarios. “¿Ves hijo?, no todos los chilenos son malos”, le dijo su papá cuando le servían jugo.
La melancolía y la alegría vivían un constante encuentro entre las paredes cubiertas por los murales de la Brigada Ramona Parra. Lo latinoamericano gritaba en cada detalle que nos transportaba a un Chile popular de los sesenta. Desde lejos, se apreciaban las mejores fotografías retratando la interculturalidad.

En mayo los dueños del local abrieron sus puertas para recibir el proyecto de Ignacio: un “Comedor de la Amistad Chileno-Inmigrante”. De este modo, familiares, amigos y ciudadanos fueron incorporándose a este espacio que cobra vida todos los miércoles.
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Cada vez es más común encontrarse con inmigrantes en las calles de Quillota. Si bien todos llegan por un mismo motivo: mejorar la calidad de sus vidas, no todos corren la misma suerte. Gran parte se dedica al trabajo agrario o a la construcción, sin embargo, un número significativo se dedica al comercio ambulante y vive en condiciones de hacinamiento.
Muchos son profesionales, pero aquí no pueden desempeñar sus respectivos trabajos. Así le sucedió a Louis (28). En Haití trabajaba como administrador público y ahora labura en la zona agrícola.
El área de la salud también es de difícil acceso para ellos. Louis contó que hace quince días tiene una infección urinaria y que permaneció sin recibir ayuda médica hasta que habló con uno de los voluntarios del comedor, quien lo trasladó al hospital.
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En la cocina la orquesta la dirigía la señora Gladys. Compañera de Salvador Allende, pero que vivió una dictadura terrible con su esposo e hijo exiliados. “La verdad, es que soy una luchadora de toda la vida”, dijo mientras se cristalizaba su mirada.
También está la Mary, una mujer venezolana que se enamoró de un chileno. Vive en La Cruz y desde su casa vende comida típica de su país. Nos dejó invitados para lo próxima semana, dice que sus arepas no desilusionan a nadie.

“Aló, bònwi, kouman ou ye”, que significa “Hola, buenas noches, ¿cómo estás?”, así recibió la señora Margó a los haitianos. Era la única que lograba comunicarse con ellos. Se ofreció como voluntaria en talleres de español para haitianos y de este modo, ella aprendió también su idioma.
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Lentejas y fideos con atún fueron las comidas que se sirvieron los dos últimos miércoles. Noté que a los haitianos no les gustaron nuestras verduras: no tocaban las ensaladas, sin embargo, se han convertido en amantes del pan amasado.
Por otra parte, los venezolanos encontraron desabridas nuestras comidas. “Nosotros somos más exquisitos para cocinar, ustedes son sal y aceite”, dijo riéndose la Mary. Además, al momento de ofrecerles té, todos lo rechazaron porque no forma parte de la cultura de su territorio.
Aquellas no fueron las únicas diferencias presentes a lo largo de la noche. En los cuerpos y la proximidad hacia ellos también se manifestaban. “Hola, bienvenidos” le decía a cada uno de los asistentes intentando poner mi mejor sonrisa. “Hola”, respondían los haitianos sin siquiera levantar la mirada, como si en el piso hubiese algo que les capturase el rostro. Hoy sigo sin saber si era vergüenza o timidez.
Los venezolanos eran muy agradecidos. Ayudaban a retirar la mesa e iban a la cocina a conversar con nosotros. Sus cuerpos eran igual de fluidos que su forma de hablar. Las miradas sí se cruzaban.

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Las conversaciones entre los haitianos fueron un misterio. A ratos inventaba en mi cabeza lo que pudiesen haber estado hablando. Sus miradas eran indescifrables. Me fui sin saber que ocultaban.
“No Carlos, es imposible traerme a mi familia. No tengo nada que asegurarles”, le decía un hombre a otro. No pude evitar escuchar la continuación de su conversación. Les ofrecí más comida, dijeron que sí.
Sentía cosquillas en los ojos y un ligero temblor en el cuerpo. Jamás habría pensado que estaría inmersa en aquel lugar, transitando entre historias humanas sin voz. Lo único que estaba a mi alcance era darles una hora donde pudiesen pensar en cosas que no fueran preocupaciones, quizás ni eso era posible.
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Todos eran atendidos. Estaban empezando a caer las primeras gotas que anunciaban la lluvia. Iba a despedirme, pero la señora Gladys no iba a dejarme ir hasta que probara sus lentejas. Le dije que sí. Al dirigirme a la salida todos conversaban mientras el sonido de sus palabras se confundía con la música de Buena Vista Social Club.
Hice contacto visual con un señor al que había atendido. Me sonrió y me dio las gracias. Le sonreí de vuelta y le dije buenas noches. Las cosquillas y el temblor regresaron. Cuando estuve afuera no pude reprimirme más: lloré. Me emocionaba todo lo que ocurría allí dentro mientras afuera los transeúntes caminaban perdidos entre las luces del teléfono y el humo del cigarro.
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Seguiré asistiendo al comedor. El compromiso es fuerte entre los que dan vida a este proyecto que si bien es necesario, no es suficiente. Hoy urge una legislación con enfoque migratorio. La comunidad de inmigrantes ha sabido crear vínculos y redes de apoyo entre ellos. No será extraño que su empoderamiento se manifieste en el espacio público, donde pidan el reconocimiento de sus derechos e identidades.

 

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