LosGonzalez

\ Escrito el 5 octubre, 2017 \ por \ en Artículos, Destacados \ con 73 Visitas

Mediodía en el estadio: El partido que trascendió por los hinchas

Cuando vas, el espectáculo no siempre está en los 22 jugadores, sino que en personas comunes que no necesitan de la fama para ser recordados por siempre…. aunque a algunos no quisiera verlos más.

Por Matías González Olguín 

Cuando llegué al terminal de San Felipe, revisé mis bolsillos y tenía más propina de la que esperaba, la amabilidad cínica que tuve con los comensales rompió todas mis expectativas. Como gesto de humildad, compré el pasaje con un billete de diez mil pesos y le dije a la mujer que me atendió “quédate con el vuelto”, esperando su dulce voz.
Me subí al bus e intenté dormir, pero mi mente no se desconectaba de la ajetreada labor en el restaurant y los llantos de una guagua en los asientos de atrás tampoco favorecían mi descanso. No me importó, ese fin de semana sería recordado por el resto de mi vida y nada podía arruinarlo.
Ya en Valparaíso, mis ansias aparecieron. Recojo mi bolso, camino hacia el departamento de mi hermano Ricardo (al que en la familia le decimos Ricky) y veo a unos hinchas de Santiago Wanderers pidiendo plata en la calle para ir al estadio. No quise contribuir en su causa por viejos estereotipos, además tenían muchos billetes sobre una bandera, no creí que les faltara más.
Pasaron las horas y el sueño todavía no se hacía presente. Con el Ricky éramos los únicos despiertos en la casa, él jugando póker en su computador y yo viendo una película para matar el ocio. Mi acompañante se fue a la cocina y regresó con diez cervezas para hacer más grata la noche. Resultado final: una curadera con síndrome de abstinencia hasta hoy.
—Ya, vamos a acostarnos. Mañana tenemos que despertar temprano— me dice Ricardo mientras recupero el equilibrio.
Al día siguiente debíamos “madrugar” por una razón que nos da la fuerza para vivir, aunque no todos lo puedan entender. Íbamos a alentar a nuestra pasión: la Universidad Católica, en su enfrentamiento contra, precisamente, el equipo de aquellos forofos que encontré en mi llegada al puerto.
*
A las 08.30 horas de la mañana, suena una alarma que hace retumbar mi cabeza. Si no era por la sed intensa que tenía, no me hubiese levantado. Me acordé que el Ricky es capaz de dormir doce horas seguidas, así que lo desperté para que no nos atrasáramos.
Tomé desayuno y vi que las latas vacías de las cervezas seguían ahí. Cada vez que las miraba tenía un flashback de la noche anterior que me daba escalofríos. Para evitar vergüenzas y devoluciones estomacales, las boté todas a la basura antes que siguieran dañando mi mente.
Sonó el timbre y abrí la puerta, era mi hermano Sebastián con mi sobrina Isidora. Los saludé y fui a lavarme la cara para borrar las ojeras, rastros de una mala noche, y me puse mi fiel camiseta cruzada.
—Martín, hijo, levántate —le dice Ricardo a su hijo—. Vístete para que nos vayamos.
El Seba, la Isi y yo estábamos en el living. El perfume de él inundaba el espacio al mismo tiempo que derrochaba soberbia. Cree que trabajar de recepcionista en el Casino Enjoy le permite ser así. Era mejor antes, cuando era humilde y bromeaba con su nariz prominente.
—¿Supiste que el Cristian (un primo fotógrafo) va a trabajar al estadio? —me pregunta.
“Por fin se rompió el hielo”, pensé. —No, no tenía idea. Hay que avisarle que vamos para que nos saque fotos.
—Ya, ¿estamos listos? —pregunta Ricardo, que llevaba una polera que le quedaba chica por su gordura.
Si faltaba un ingrediente para hacer esta salida más inolvidable, es que iba con mis sobrinos. Por primera vez todos juntos a ver a nuestro amor eterno.

—Vayan pasando los hueones, caminen rápido —exclama un carabinero gordo con un bigote ridículo que, si no es por la luma, no atemoriza a nadie.
Después de pasar el control de identidad, nos quedamos esperando en la sombra con la hinchada del bicampeón. ¿Quién dijo que son puros cuicos? Había uno que caminaba sin polera y con los pantalones a medio trasero, otro sacaba disimuladamente una petaca y exhibía sus tatuajes desgastados, un padre con su hijo miraban la entrada como si fuera la copa del mundo y que pagaron con esfuerzo. En fin, distintas clases sociales unidas por la franja.
Faltaba poco para que el partido comenzara. Los aficionados cantaban y alentaban a los jugadores desplegados en la cancha. Éramos local, no había ningún hincha del equipo rival y eso nos jugaba a favor. Me acordé de aquellos que estaban pidiendo dinero el día anterior para asistir, parece que no lograron recaudar lo suficiente.
Sin embargo, de pronto una multitud verde entra por el otro sector del estadio Elías Figueroa, tocando un bombo y gritando “¡somos los Panzers!”. Son los simpatizantes de Wanderers que sacan aplausos, pero son callados por las pifias e insultos de nosotros.
—Allá está el Cristian —nos dice el Seba—. Ahí nos vio. Miren a la cámara, niños.

Los González en la barra de Los Cruzados, una imagen para no olvidar. Foto: MGO

Y solo con apretar un botón inmortalizó el momento. Levantamos los brazos como señal de gratitud y volvimos a centrarnos en el juego. Era importante ganar, el fin de semana pasado perdimos y no podíamos juntar dos derrotas consecutivas.
Abajo mío, un caballero se tomaba la cabeza cada vez que perdíamos la pelota y me empecé a preocupar más por su calvicie que por las jugadas. Mis hermanos no paraban de gritar contra el árbitro y mis sobrinos, metidos en el celular.
No tuvimos ninguna chance clara, la redonda no quería entrar en el arco porteño y se paseaba por nuestra área. Vi caer el último pelo del señor mientras el arquero cruzado era abatido por la delantera rival. Terminamos el primer tiempo perdiendo por un gol.
—Por la chucha. No estamos metiendo ni una, hueón —comenta Ricardo, con la cara roja. No sabía si era por el calor o por la rabia.
—El Tanque es muy malo, le pega con la cartera—responde Sebastián.
El juez central inició la segunda parte. Llegó el vendedor de bebidas quien sudaba exageradamente y coqueteaba con los vasos. Cuando la hinchada se ponía a saltar, él empinaba dos y se unía a la fiesta cruzada. Sin darse cuenta, bebió toda la bandeja y fue a buscar más al quiosco. Ahí entendí su estrategia: le decía al encargado que, entre tanto salto de los barristas, le habían botado los refrescos.
—¡Tócala poh! No nos pueden ganar estos hijos de puta. Canten con fuerza, giles —vocifera uno de los líderes de la barra. La mayoría de sus tatuajes están relacionados con la UC, lleva el pelo largo como si fuera un rockero y su abultada ponchera guarda litros de cerveza a lo largo de su vida.
Los niños se aburrieron porque sus celulares no tenían batería, por lo tanto, mis hermanos decidieron irse. Además, Católica exhibía un mal planteamiento y era inminente una goleada. Pensé que esta experiencia sería inolvidable por el triunfo, pero terminó siéndolo por la dura derrota que nos propinaron: 3-0.
Nos subimos al auto y solo mis sobrinos hablaban. El Ricky, cada cierta distancia, maldecía a los jugadores y el Seba manejaba callado. Los demás conductores tocaban la bocina y nos regalaban insultos. Nos identificaban porque aún llevábamos la camiseta puesta, la que nunca abandonaremos.
Me fui directo al terminal, me hacía mal estar en Valparaíso y extrañaba mi San Felipe querido. Lo único que me reconfortaba era la propina que llevaba en mi mochila. De repente, volví a recordar a esos pobres wanderinos que me topé en la calle y una encrucijada no me dejó dormir: si tuviera que atenderlos en el restaurant, ¿me dejarían al menos $100?

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